Cohabitantes del Ritmo. Una Biblioteca Pop – “Un hipster de verdad: cuarenta años atrás”

Por José Luis Justes Amador |

Una de las palabras más repetidas de esta sociedad tardomoderna es “hipster”. Tanto para lo bueno (¿?) como para lo malo (¿?). Sobre todo, para lo malo. Un término que fuerza a repetirse y asociarse con bigotes, bicicletas, veganismo y grupos a los que no conoce ni su puta madre ha terminado por devaluarse no sólo por perder su valor, sino por habernos hecho olvidar el sentido original. Libros como ‘All What Jazz’ de Philip Larkin hacen que recordemos que era un hipster, un hipster original, uno de los de verdad, uno al que le fue ofrecida la posición de poeta laureado de Inglaterra y la rechazó (quizá por demasiado mainstream), uno que comienza sus artículos sobre jazz de 1968 citando una frase de Cyril Connolly de 1929 que cualquier hipster de 2015 podría pronunciar hoy mismo. “Deseo: ser más moderno e inteligente”.

Lo que un aficionado al jazz encuentra en este libro es información de primera mano, y tendenciosa la mayor parte de las veces sobre la gran mayoría de los discos de jazz publicados en Inglaterra en los sesenta. Larkin en todos sus artículos combina, de manera acertadísima, el desprecio más absoluto por aquellos acetatos que no le gustan con la pasión más desbordada por aquellos que sí. Y, como buen hipster, sus amores y sus odios coinciden (a la inversa) con lo que pensaban los críticos mainstream de su época (los de Blues & Jazz o Jazz Monthly). Lo que a ellos no les gustaba por anticuado, a Larkin sí. Y viceversa. Y todo porque desde que el autor descubrió el jazz, pensó que debía ser algo de minorías.

“En los años treinta, [el jazz era] la vía de escape de una minoría. Un disco que alguien oía por casualidad en una emisora extranjera, un coro entre dos fragmentos cantados, un tipo que sobresalía en un grupo por lo demás monótono… A nadie más de tu entorno le gustaba”.

Larkin, además, está convencido de aquello de lo que habla y de su autoridad en el tema. A pesar de que en la introducción al libro insinúa que cuando se lo propusieron, a él uno de los poetas vivos más famosos, su primera reacción fue la de negarse. Aunque, y ya puestos en materia una vez que acepta el trabajo, descubre que él y sólo él era el cualificado para hablar; no sólo por el conocimiento del tema sino por su altísima capacidad para discernir el bien y el mal, lo mejor y lo peor. Larkin no se plantea jamás si sus gustos son los más acertados sino que lo sabe y además se enorgullece en hacerlo saber a sus lectores:

“Mis lectores se merecían que alguien les hablara de lo mejor de cada casa y yo era la persona ideal”.

Lo importante del hipster, del de antaño y del de hoy, es que sus gustos son gustos precisamente porque no son los de los otros.

Todo para que Larkin acabe descubriéndose a sí mismo, explicando sin querer cuál es la razón de que le guste una música y no otra. No es cuestión de sensibilidad musical –que la tiene– ni de una súper especialización –que también la tiene–, sino del sentido de pertenecía a un grupo. Un grupo, y eso es más importante, que encuentra su propio sentido en el enfrentamiento con otros. Lo importante del hipster, del de antaño y del de hoy, es que sus gustos son gustos precisamente porque no son los de los otros; “La batalla iniciada a finales de los años cuarenta había enfrentado a los chicos de boina y gafas oscuras y a los mequetrefes trajeados”.

Larkin, muy inteligente (sino no sería tan buen poeta), también se anticipa a las críticas. A los posibles comentarios negativos. No se molesta en defender lo que le gusta por dos motivos… supongo ambos: uno, lo que considero más difícil, que no le guste lo que realmente dice que le gusta y dos, más lógico, porque el gusto de uno mismo basta para defenderse a sí mismo.

“Te dirán que es ridículo, o feo, o que carece de sentido. No te lo creas. Piensa esto: después de todo, no esperarás entender a la primera una cosa tan importante como el arte, ¿no? […] Además, piensa qué le ha pasado a la gente que no ha entendido qué es el arte. No querrás ser como ellos, ¿verdad? Y así hasta la saciedad”.

Y, no al final sino en la propia introducción, Larkin arguye perfectamente para enfatizar lo que parecería una contradicción. Si hipsterear, como él hace, es un asunto de negar el valor de los gustos de los otros porque no son los propios, lo que hay que hacer es quitarle importancia. Asumir que la imagen no siempre se corresponde con el verdadero mensaje.

“Si algo he de confesar que no me gusta de este libro es que me retrata más como un detractor que como un fan”.

Y a todo eso, por supuesto, agregarle un toque vintage, algo que nunca viene mal y siempre funciona.

“Sigo insistiendo en que me gusta el jazz: los grandes pioneros negros y sus alegres discípulos blancos, y el mundo cada vez más remoto que rodeaba aquella música: las salas de baile, los bombines, las bandas a lomos de un autobús, los esmóquines, los atriles con sus monogramas, los repugnantes estudios de grabación donde se reunían y los micrófonos colgantes que registraron todo aquello para nosotros”.

Ficha
Philip Larkin
‘All What Jazz’
Mondadori, 2006.

“Cohabitamos el ruido, el filo de los altoparlantes” (Daniel Bencomo)
‘Cohabitantes del Ritmo. Una Biblioteca Pop’ es una columna de José Luis Amador Justes