Cohabitantes del Ritmo. Una Biblioteca Pop – ‘Sexo, drogas, (Bugalú) y Rock’n’Roll’


Por José Luis Justes Amador |

“¿Por qué buscas la compañía en tus momentos de degradación? Vuélvete adicto de los vicios solitarios.”

Escribir (o leer) una novela, una buena novela sobre lo que son las noches alocadas es muy difícil. Pocas lo han logrado por (1) el escritor estaba disfrutando de las noches alocadas en lugar de vivirlas o por (2) el escritor que nunca llegó a ser, prefirió la noche a la escritura. O (3) es Murakami y cree que nos interesa. Dos, geniales ambas, parecen ser la excepción: Absolute beginners’ de Colin MacInnes y ¡Que viva la música!’ de Andrés Caicedo.

“Soy rubia. Rubísima”.

María del Carmen Huerta, la protagonista de la novela, narrada en primera persona, lo deja claro desde las dos primeras frases. Es hermosa. No rotundamente hermosa, no espectacularmente hermosa, no dolorosamente hermosa. Es, simplemente, hermosa. Y, desde su casa de la alta sociedad de Cali vive pensando en la palabra que más se repite a lo largo de la novela: “rumba”, no el baile sino la fiesta en su argot.

“Volví a mi cama, pensando: ‘¿Cuánto falta para que sea de noche?’”.

Y como todas las grandes fiestas, esas que son no patrimonio de la juventud sino la juventud misma, siempre pasan de noche. Y, siempre, hay varias al mismo tiempo. Siempre hay que elegir una fiesta y “Siempreviva”, el nombre que se pondrá al final de la novela siempre decide la más ruidosa, la más salvaje, la más alocada. Una fiesta que le haga, por la música y las malas compañías, olvidarse de quién es.

“‘¿Cómo no lo había conocido antes?’, le pregunté y él contestó, con la humildad del que dice la verdad: ‘Porque eras una burguesita de lo más chinche’”.

María del Carmen se rebela contra todo y contra todos a través del sexo, de la música, del baile, de las drogas, de las experiencias extremas. Nada mejor para alejarse de la buena sociedad que la vio nacer que irse al extremo contrario, un extremo que trae con cada día, con cada noche, una nueva experiencia. Seguirle el paso es difícil, casi imposible y, en eso está una de las maestrías de la novela, Caicedo logra perfectamente atrapar al lector con el delirante y apresurado monólogo de la protagonista.

“‘¡Oh, va a ser un gran día!’, exclamé, un poco aliviada de haber salido del parque sin pensar en cosas raras, y alcé los brazos, y en ese movimiento oigo que nuestra música se multiplica”.

Un gran día, sí, porque en la noche, en las noches que la protagonista nos cuenta, cabe todo: conciertos de bugalú alocados, orgías con los Rolling Stones de fondo, sexo en las calles, todo tipo de drogas incluidos hongos alucinógenos, violaciones, marxistas perdidos, jovencitas bien arrepentidas y, sobre todo, música, infinidad de música. Tanta que al final del libro hay una apéndice de casi cuatro páginas de letra apretadadonde está el listado de todo lo que suena en el libro. Y, de nuevo, droga, mucha droga.

Una novela que encuentra la liberación a través de la degradación, la alegría a través de la embriaguez, el amor a sí mismo a través del sexo desenfrenado y vejatorio, la paz interior a través de la violencia.”

“La cocaína, además de ponernos a todos inmediatamente felices, provocó también en Leopoldo dos horas de música en inglés”.

Porque todas las “locuras” (así entre comillas) que aparecen a lo largo del libro se ven regadas con alcohol y aderezadas con droga que, quién sabe cómo sería Cali en los años que describe el libro, nunca necesita un dealer sino que parece que, sin más, ahí está.

“‘Para arrancarle las alas a una mariposa traviesa’, murmuró avergonzado”.

Y, como en todas las grandes novelas, como en todos los grandes poetas, Caicedo, sin querer, define en su novela su propio tema, su propia enseñanza (si es que hay alguna enseñanza), su propia descripción. ¡Que viva la música!’ es la descripción –por usar la genial metáfora del escritor– de una mariposa traviesa (y hermosa) que, en el transcurso de las alocadas noches, ve, poco a poco, como en lugar de volar va perdiendo sus alas.

“Yo siempre había pensado que el acto sexual era, como dijera, un asunto más repartido”.

Y todo rodeado de un sexo que no es liberador, no, al menos, para la mujer, hasta una genial y espeluznante retahíla de consejos que, al igual que Los Saicos anticiparon en Latinoamérica el garage antes de que fuera garage, anticipan el “no future” de los Sex Pistols o el nihilismo descarnado del sobrevaloradísimo Palaniuk (o como se escriba).

“Tú, haz aún más intensos los años de niñez recargándolos con la experiencia del adulto. Liga la corrupción a tu frescura de niño”.

Una novela que encuentra la liberación a través de la degradación, la alegría a través de la embriaguez, el amor a sí mismo a través del sexo desenfrenado y vejatorio, la paz interior a través de la violencia. Y, claro, el éxtasis a través de la música “moderna”, la única que es, ha sido y será la banda sonora de la juventud que prefiere morir joven y dejar un cadáver bonito antes que vivir, que prefiere arder antes que desvanecerse.

“No accedas al arrepentimiento ni a la envidia ni al arribismo social. Es preferible baja, desclasarse; alcanzar, al término de una carrera que no conoció el esplendor, la anónima decadencia”.

Y, por supuesto, el cine, siempre el cine.

PD: “Adonde mejor se practica el ritmo de la soledad es en los cines, aprende a sabotear los cines”.

Ficha
Andrés Caicedo
‘¡Qué Viva la Música!’
Alfaguara, 2012

“Cohabitamos el ruido, el filo de los altoparlantes” (Daniel Bencomo)
‘Cohabitantes del Ritmo. Una Biblioteca Pop’ es una columna de José Luis Amador Justes