Cohabitantes del Ritmo. Una Biblioteca Pop – Tres aproximaciones a Los Planetas


Florent dejó / la droga en el 92.” (La verdadera historia)

Jesús Llorente, periodista musical y amigo de Jota, Florent y compañía, utiliza el título de una canción emblemática del grupo para escribir ‘La verdadera historia’ de Los Planetas (también conocido, por el color de su portada como “El libro verde de Los Planetas”). Una verdadera historia que contiene en sus páginas, según la propaganda del libro, “aventuras lisérgicas, resacas espantosas, ingresos en hospitales, conciertos mediocres y momentos iluminados”. O sea, sexo, droga y rock’n’roll. Y todo visto desde adentro, como periodista (esas largas entrevistas) y como amigo (ese “nosotros” que se escapa de vez en cuando). Un libro del que dijo un crítico que era “imperfecto, parcial y un tanto adolescente”. Pero, ¿quién va a preocuparse de la perfección cuando son Los Planetas?, ¿quién va a poder ser imparcial (en lo bueno y en lo malo) cuando son Los Planetas?, ¿quién no va a ser un adolescente eterno mientras suenen Los Planetas?

Un grupo fácil y a la vez difícil, centrado y descentrado al mismo tiempo, emocional y sentimentalmente sutil” (Jesús Llorente)

La frase, aunque parece no decir nada, en realidad resume perfectamente tanto el espíritu del libro como el del grupo. A lo largo de las páginas se mezclan las historias de triunfo, el primer gran grupo indie español, con las de fracaso, conciertos desastrosos, las de subida, esa relación de Los Planetas con sustancias “legales, ilegales y otras que no se sabe si son legales o ilegales” y las de bajada, la sobredosis del Florent camino al FIB.

Cuando estés por Granada, / ya sabes que aquí tienes un amigo” (Deseando una cosa)

Llorente, que además es el director de Acuarela, recrea perfectamente aquella época sin escatimar ni un solo detalle. ¿Podría ahora publicarse un libro que describiera (no en profundidad) los cientos de encuentros de Jota con cientos de muchachitas menores de edad? De ahí la letra de “10,000(“¿Quieres hacerlo con mi amiga? Tiene quince años ya”). Y, además, con lo feo que es como se puede comprobar en las fotos inéditas.

Canciones para una orquesta química

Ya no podía seguirles el ritmo” descubre el lector que es uno de los argumentos de May, bajista de la primera formación y que tocaba de espaldas al público por timidez (y ex novia de Jota). Y se refiere, por supuesto, no a la sección rítmica sino al desenfrenado ritmo con el que los granadinos (nunca mejor título para su recopilatorio que lo de la “orquesta química”) engullían de todos los modos posibles la mayor cantidad de drogas posibles. Y, además, sigue explicando May, le “daba vergüenza que en las letras se hablará tan explícitamente de las drogas”.

Y es precisamente con el disco de “Canciones para una orquesta química” con el que cierra “la verdadera historia” que había comenzado cuando dos desconocidos todavía (Jota y Florent) pero de gustos musicales muy semejantes se conocieron en una tienda de discos en su más temprana juventud. Los dos corresponsables del disco más perfecto de la historia del indie español, un disco que habría de titularse con la frase de un amigo de Jota que le dijo que estaba tan jodido como si hubiera pasado “una semana en el motor de un autobús”.

Sorteamos bien algunas emboscadas, / pero otras veces no, y sufrimos bajas” (Política celestial)

Nando Cruz escribe la historia de ese disco en un libro sencillamente titulado ‘Una semana en el motor de un autobús con un subtítulo, a la vez, terrible y verdadero, La historia del disco que casi acaba con Los Planetas. Un disco que casi no sale, un disco del que algunos de sus protagonistas casi no salen vivos, un disco que es la obra MAESTRA de sus autores. Y un libro que se lee no como un sesudo estudio de influencias o técnicas de grabación, ni tampoco (a diferencia de “la verdadera historia”) como una serie de aventuras entre colegas, ni como un aburrido día a día. Un libro que se lee como una verdadera novela que hace que el lector vaya pasando páginas tras páginas intentando encontrar la respuesta a la pregunta “¿lograrán estos tipos –entre sus líos de drogas y de falta de inspiración– acabar el disco?”.

La historia del tercer disco (sí, el siempre complicado tercer disco) de Los Planetas es parte historia y parte leyenda. A lo largo de las doscientas páginas acontecen anécdotas que van desde explicaciones del extraño modo de titular las canciones de Jota (Jesús era uno de los muchos chavales que se escapaban de la facultad para pasar la tarde en el local de ensayo de Los Planetas. Le llamaban Jesulín y pronto se convertiría en uno más de aquel club social underground, epicentro de la incipiente escena indie de Granada. Allí se bebía, se fumaba y se escuchaba música a todo volumen. Cualquiera que admirase a The Jesus & Mary Chain y The Velvet Underground era bienvenido”) a lo dramático (Cuando Florent bajó del avión, no recordaba nada de aquel viaje. No sabía si estaba en Cuenca o si venía de Palermo. Estaba en el aeropuerto de Barajas y esperaba la conexión con el vuelo que lo llevaría a Granada, pero todo lo que había ocurrido en las veinticuatro horas anteriores era para él una completa nebulosa. Y de eso se quejaba precisamente J. J, lo acusaba de haberlo engañado, de estar engañando a todos los del grupo, de estar jugando con su vida, de estar poniendo en peligro la continuidad de Los Planetas”), de lo chusco (Y Paco López,  que se había tomado el viaje como unas vacaciones de su cargo, ya no sabía si era el mánager de Los Planetas o de los Sex Pistols”) a lo tenso de las relaciones con la industria (Para J, en cambio, aquello era su vida y ya había cedido demasiado. No dejaba de dar vueltas a aquella canción de The Smiths; «Frankly, Mr. Shankly», en la que Morrissey explica que su discográfica -por cierto, independiente- pagaba sus deudas pero corroía su alma. J veía cada vez más claro que RCA era su enemigo real. Buscaba argumentos y fuerza para cantar: «Quiero marcharme. / No me añoñarás. / Quiero ser recordado en la historia de la música». Los hechos demostraron que aquellas tres siglas, R, C y A, eran ya la única causa de todos sus males”).

Un libro que se lee como una verdadera novela que hace que el lector vaya pasando páginas tras páginas intentando encontrar la respuesta a la pregunta “¿lograrán estos tipos –entre sus líos de drogas y de falta de inspiración– acabar el disco?

Y todo ello salpicado con los discos que Los Planetas escucharon hasta la saciedad esos días y cuyas influencias (¿plagios?) acabarían colándose en el motor del autobús. ¿Nombres? My Bloody Valentine, The Magnetic Fields, Pale Saints, el “Tomorrow never knows” de los Beatle, Hüsker Du, Sunny Day Real State, ¿Rain Parade?, elBizarre love Trianglede New Order, los más que lisérgicos Spacemen 3 y los 13th Floor Elevators, Ride y Spectrum y, por supuesto, el citadísimo “robo” a Étienne Daho.

(Mención aparte merece el prólogo de Julieta Venegas: una genialidad que contiene joyas como la fiesta en su casa en la que conoció a Jota o las extrañas razones –encantador, aunque no sea el tipo que le presentarías a tu madre– por las que admira al incomprensible cantante. El prólogo que se te ocurriría leerle, al despertar, a una chica que se hubiera dejado el celular en el coche con cincuenta y siete llamadas perdidas para convencerla de que no eres lo peor que puede encontrar).

Cuánto tiempo he perdido ahí afuera, / cuanto por descubrir en mi cabeza. / Es tan vasto / que da casi pereza. / Casi pienso que no tengo fuerzas / para hacerlo / y encontrar dentro de mí / algo nuevo.” (La Copa de Europa)

El tercer libro, “De viaje por Los Planetas” es, al menos en su regalo (17 versiones que van del folk a la psicodelia, de la música popular al shoegaze), todo un homenaje al grupo. Desde el título hasta el arte, desde el disco a las diferentes explicaciones sobre la “primera vez” con Los Planetas es todo un acto de amor de los responsables de la tienda de nombre “planetoide”, “Ondas del espacio exterior” (los mismos del fanzine con casete -y lápices de colores ¡de regalo!- “Coloreando a Daniel Johnston”).

Y como el tercero de la colección planetaria –agotado pero que el veinte de octubre lanza la segunda edición, ya casi agotada antes de salir– en realidad no es un libro sino tres. El primero es un largo texto de adoración planetaria (profusamente ilustrado con topo tipo de memorabilia) que se titula “Del cero al infinito” (anónimo pero que parece ser de Santi Carrillo, director de Rockdelux) apuntalado por entrevistas (hechas, como no podía ser menos, por Jesús Llorente). El segundo, los recuerdos de aquella (siempre inolvidable) primera vez en que escucharon o conocieron a Los Planetas a cargo de amigos, músicos, ejecutivos discográficos o periodistas. El tercero con las ilustraciones (genial la de Moderna de Pueblo que atrapa aquel primer acercamiento ensoñador al grupo) de 17 autores que corresponden a las 17 canciones elegidas para el CD. Un deleite para la inteligencia, la memoria, los ojos y los oídos de cualquier planetario. Y un recordatorio de que ellos estaban allí antes que nadie.

Cuando esto pase haz algo importante / y no te olvides de nosotros que estaremos en el fondo, / no te olvides que te lo dijimos antes” (Canción del fin del mundo).

Fichas
Jesús Llorente
‘La verdadera historia
Rockdelux, 2009

Nando Cruz
Una semana en el motor de un autobús. La historia del disco que casi acaba con Los Planetas
Lengua de Trapo, 2011

VV.AA.
‘De viaje por Los Planetas’
Ondas del Espacio Exterior
, 2016


“Cohabitamos el ruido, el filo de los altoparlantes” (Daniel Bencomo)
‘Cohabitantes del Ritmo. Una Biblioteca Pop’ es una columna de José Luis Amador Justes