Cetáceos – David Bowie: El duque, siempre a una sola canción de distancia


Han sido días de luto para la música estos últimos, David Bowie construyó una gigantesca era que fue marcada por su siempre incansable presencia, incluso, después de haberse despedido con su más reciente álbum, pues el duque blanco ya pensaba en una siguiente entrega discográfica. No se puede decir nada nuevo ahora; el valor mediático ha abarrotado todo lo que puede exprimirse del genio inglés en un sinfín de formatos; los fans han hecho dedicados tributos que acompañaron su partida, y en general, todos –o al menos, mucha más gente– saben hoy quién era ese hombre, aun si su fallecimiento fuera la carta de presentación hacia un mundo que desconocía su obra.

Muchos podrán decir que lo conocieron por su partida, ¿pero cuántos podemos decir el momento preciso en que nos lo presentaron? Yo no lo recuerdo, y no porque no fuera significativo, sino porque en cualquier lugar o momento en que tratase de rememorar sobre su paradero en distintas etapas de mi vida, Bowie ya estaba ahí, no en mi vida, sino en la de la música en sí. Siempre estuvo, a veces con mayor preponderancia que otras, pero siempre.

Tal vez el denominador sea realmente común, es decir, la incapacidad de precisar ese momento; si fue a través de viejos casetes que se acompañaron siempre de una pluma para rebobinar la cinta; con un video musical a través de algún canal de televisión anticuado; por el afiche de ese familiar que te heredó el gusto; por un productor o músico con el que el británico se asoció alguna vez; cuando tu amigo el más versado en música te prestó uno de sus CDs; al toparte con una de sus variadas biografías o semblanzas de su trabajo en alguna librería; con el cover o la reversión que tu artista favorito le hizo; o con pesar, el día de su muerte.

Incontables son las formas, pero el legado es uno solo, y el atrevimiento de lanzar un argumento que lo coloca como una de las mentes que forjó la música pop como la conocemos ahora realmente no lo es, pues por añadidura, el inglés es posiblemente la mayor fuente de influencia que la música moderna ha tenido; con el rock, con el jazz, con el pop, con la electrónica, y con las ramificaciones de cada uno de estos. Y no sólo musicalmente, sino en la entera expresión de la palabra “artista”: su imaginería, su experimentación escénica, su dramatismo latente, su camaleónica representación en cada una de sus etapas y su simbiosis con la música que creaba fue, y sigue siendo, inspiración de muchos.

David siempre estuvo ahí, con transformaciones hacia una cultura que recurrió a él para nutrirse de su genialidad y maestría. Siempre adelantado, lo hizo de nuevo; se fue antes de que pudiéramos rescatar por completo lo que en ‘Blackstar’ cohabita, y la pérdida, es grande… ¿cuántos pueden recordar el día en que conocieron al Duque, cuando en realidad, lo tuvimos siempre a una sola canción de distancia?