Cohabitantes del Ritmo. Una Biblioteca Pop – La música clásica me la pone dura


 

Con esa frase tan directa (“La música clásica me la pone dura”) con que empieza su autobiografía James Rhodes, autor de unos títulos de discos autobiográficos (además de significativos) como Razor Blades, Little Pills and Big Pianos o Now Would All Freudians Please Stand Aside, el lector ya sabe con qué enfrentarse. Al menos, con un libro excepcional tanto en materia como en el modo de tratarla. “Un libro sobre música”, como explicó Rhodes en una entrevista, pero también “es una historia de amor, un libro para Hattie, mi esposa. (…) Es un libro sobre mi hijo, sobre los compositores, sobre las vidas extraordinarias que esos compositores y los músicos llevaron. (…) No quiero ser para siempre ‘el tipo del que abusaron cuando era niño’”.

En el fondo eran seres profundamente humanos que utilizaban la creación musical para lidiar con su locura. Algunos eran gente espantosa. Chopin, por ejemplo, era un racista, un trepa, un hombre horrible. Que alguien así pueda dejar un legado tan maravilloso y duradero es algo extraordinario

Soy un músico de rock que interpreta música clásica”, así se define Rhodes a sí mismo. Y escribe su autobiografía también más al uso de las de una rockstar (problemas, excesos y música), que las de un serio intérprete de música seria. Y también habla, sobre los compositores, que va intercalando con su biografía como si fueran no los monstruos sagrados e intocables que la historia de la cultura nos enseña sino como lo que en realidad fueron, seres humanos con, en la mayor parte de los casos, más defectos que virtudes.

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 “Rhodes cuenta su vida con la misma acritud, con la misma irreverencia y con la misma violencia con la que los Clash estrellaban su guitarra en el escenario, y con la misma intencionalidad incendiaria con la que Jerry Lee Lewis prendía fuego a su piano”.

Enfrentarse a la autobiografía de Rhodes es ir alternativamente del odio al mundo, a determinados aspectos del mundo, los más sórdidos y de los que escatima detalles a la tranquilidad que puede dar la música clásica, de un catálogo de adicciones, en las que no falta casi ninguna sustancia ilegal, a un proceso de autoafirmación de la propia persona de Rhodes. Como los músicos de rock, Rhodes encuentra en el poder de la música algo que le hace vencer los traumas y complejos de su atormentada vida, pero en su caso los excesos, tanto sexuales como de drogas, van unidos a una banda sonora de calma y quietud, de monotonía y repeticiones.

Aunque exista un denominador común que es la música como medicina, el tratamiento de shock difiere en uno y otro caso”.

Bach, Schubert, Chopin, las variaciones Goldberg, Rachmaninov son la ayuda, la autoayuda de Rhodes. Cada uno de los capítulos del libro comienza con un apunte biográfico de un compositor para que el lector tenga también el contexto de las obras de las que hablará el pianista en ese capítulo. Eso le da una cierta coherencia a la verborrea de Rhodes que así organiza temáticamente cada parte de su vida. De sus problemas psicológicos y sexuales es de lo que habla él comparándose no literalmente sino como una especie de contrapunto.

Todo es igual siempre. La gran música es como el gran sexo y el gran sexo es como las grandes drogas”.

Hay momentos absurdos en el libro que dan cuenta de la monomanía (y egotismo) de Rhodes como el desternillante intento de tocar a Bach con una naranja. Hay momentos durísimos como el recuento de la violación que fue sometido cuando niño. Hay momentos durísimos que, por la manera de contarlos, parecen un chiste como los intentos vanos de cortarse las venas una y otra vez (y que hacen pensar al lector que tantos fallos seguidos son más bien ganas de llamar la atención). Hay momentos rockstar como esa playera gris con “Bach” grabado en letras de oro. Pero, y ese es el problema, el único pero grave problema, del libro. En desorden.

“There are great books by monomaniacs and unreliable narrators – and then there is Instrumental”, escribió el crítico de The Guardian como un elogio cargado de malicia. Y tenía razón. ‘Instrumental es un gran libro pero no es buen libro. Y, aun así, de lectura obligatoria.

 

Ficha
James Rhodes
Instrumental. Memorias de música, medicina y locura
Blackie Books, 2015

“Cohabitamos el ruido, el filo de los altoparlantes” (Daniel Bencomo)
‘Cohabitantes del Ritmo. Una Biblioteca Pop’ es una columna de José Luis Amador Justes