[Reseña] Kendrick Lamar – ‘Untitled Unmastered’


Apenas el año pasado Kendrick Lamar sacó uno de los álbumes más brillantes que el mundo pudo escuchar en todo 2015; ‘To Pimp A Butterfly no sólo enamoró a la crítica y a los fans, sino que lo colocó como el nuevo rey del rap (lo sentimos mucho, Kanye). Así que la sorpresa que causó la aparición de ‘Untitled Unmastered’ en plataformas musicales fue enorme.

Un disco sorpresa que salió casi de la nada y en el que se demuestra, una vez más, quién es el que manda en eso del bling bling. Si bien ninguno de los tracks tiene nombre, gracias a las fechas en que fueron grabados podemos intuir que se trata de una parte de lo que quedó fuera del pasado lanzamiento del de Compton. Ninguno de los temas es ajeno a aquel material y en consecuencia, es eso lo que le pone el sello de garantía a esta nueva entrega.

Numeradas del “01” al “08”, la grabación arranca con una especie de monólogo que hace de previa antes de la joyita de base sobre la que se deslizan las primeras rimas. “Untitled 02” es más rítmica y con unas voces que bien pudieron entrar en ‘To Pimp A Butterfly’, en resumen, mantiene más o menos el mismo mood del inicio.

Tal como lo esperábamos, la cadencia y el flow van saltando de a poco y en el tercer corte se escucha una base funk, mientras en el cuarto se juega una especie de góspel cargado de reverbs en el que los beats se hacen uno con las guitarras flamencas que ingeniosamente son incluidas. Sí, también en estos temas se ve esa necesidad de mezclar el pasado y el presente de la música negra.

Dicho lo anterior, el álbum entra en un juego de ritmos y estilos; en “Untitled 05” y “Untitled 06” se vuelve al funk y se apuesta a la cadencia de las voces y al poder de las rimas para no perder el camino trazado desde el principio. Nada que reprochar para abrirle paso al plato fuerte del banquete, “Untitled 07”; es la pieza más elaborada y más vistosa, comienza con un juego de beat y voz que después baja las revoluciones, y en los intermedios, se vuelve góspel y termina hecho blues.

El final del disco es perfecto para, por fin, ponerse a bailar y recordar por qué Kendrick Lamar es el nuevo rey de Compton… o quizás, sólo confirmar que siempre lo ha sido.