Pommez Internacional: “Este es un disco que ilumina, que revela y que habla del interior”


La primera canción que escuché del ‘Canto Serpiente’, el tercer álbum del sexteto argentino, Pommez Internacional, fue “Lemanjá”. Me capturó el uso de ambientaciones y recursos de un corte más africano, poco visto –o el menos, de forma mayoritaria– en un conjunto como el de los oriundos de Buenos Aires. La instrumentación es exquisita y el coro es igual de hipnótico. En realidad, el álbum en su totalidad se ha nutrido de esas corrientes y ha bebido de experiencias profundas que, sin predisposición, culminaron en un producto sensible y de mucha abstracción personal.

La narrativa de este disco presume de muchos quiebres y cambios de ritmo, detalle que además de amplificar el concepto del “Canto”, condensa la vida misma. Porque de eso se trata, ¿no? Hablamos con Juan Ibarlucía, voz de una agrupación que se ha alineado con sus vivencias y que, convertidas en casi discursos sonoros, presentan una grabación de casi una hora que invita a un traslado emocional y una huida personal que abunda en universos musicales poco socorridos. De esto trata la serpiente de este canto:

Antes de entrar de lleno con ‘Canto Serpiente’, realmente, ¿cuál es ese canto? ¿A qué hace alusión este título además de ser una de las canciones del álbum?

‘Canto Serpiente’ es un título que, digamos, para mí alude a varias cosas; la serpiente es una figura mitológica de diferentes connotaciones en diferentes tradiciones, por ejemplo, en la herencia mesoamericana viene a ser una deidad mítica y en el cristianismo es el pecado. Me parece que en el corazón de este disco hay un elemento de catarsis, de poner sobre el papel toda una trayectoria, un cumulo de sentimientos que no son necesariamente los que mejor hablan de uno mismo: los miedos, el veneno, el terror al fracaso, las sombras… me parece que todo el álbum propone un viaje que no edita las partes duras de la vida, las partes miserables, esa tridimensionalidad donde puede estar la sensualidad, la virtud, los defectos, los problemas, y me parece que estos cantos –que son 13 cantos distintos– pueden englobarse así. No porque me parezca que la connotación malvada de la serpiente es la base, sino la idea de este canto como una expresión totalizadora de las cosas que pasan dentro de uno.

Algo bien claro de este álbum es que sobrepasaron su producción previa y no se limitaron en utilizar elementos de géneros tan variados, especialmente de corrientes más afro y latinas… ¿en que radica esta decisión musical?

La tradición afrolatina es muy basta, y aun así no está tan presente en Argentina por el proceso histórico del país y su relación con sus afrodescendientes, las fronteras y los asesinatos a las minorías, hay huecos en ese sentido, pero ese tipo de géneros entran en nuestra música porque nos gustan en realidad. Por más que tengamos una idea de que actualmente dependemos de la digitalización, también es cierto que estas estéticas se toman de forma intuitiva, y esa intuición se nota en un tema como “Territorio”; es una canción de salsa –yo escucho mucha salsa– y, en general con la banda, tenemos una filosofía de “si nos gusta, hagámoslo”. Esa lógica la tomamos de cierta filosofía tropicalista, esa idea de la antropofagia de devorar al otro y escupir algo propio.

Este trabajo [‘Canto Serpiente’] tiene que ver con dejarse influenciar y tener una relación heterogénea con esas influencias, es muy difícil producir música que suene única si todos en la banda escuchamos lo mismo… nos esforzamos por escuchar música diferente, investigar qué pasa en Uruguay, en Tailandia, en el norte de Argentina, qué pasa en Ecuador… y todo eso impacta en nosotros.

Y para darle este aire musical, supongo, utilizaron instrumentaciones y ambientaciones nuevas para la banda, ¿qué hay de eso?

Sí, tenemos una forma de trabajo ya muy constituida, y este disco lo compusimos en base a trabajar en pos de la música y no del instrumento, por ejemplo, de nuevo en el caso de “Territorio”, si la mitad de la banda no toca aparentemente, estamos todos ahí en el estudio, viendo los arreglos, dando ideas… nosotros trabajamos más en una modalidad de taller. “Río Jordan”, por otro lado, es una canción de instrumentación casi tradicional de rock and roll, muy diferente a “Territorio” que tiene cuerdas, vientos, etc… aquí hicimos ensambles, recurrimos a músicos de otros lados y ese proceso fue parte de justificar el hacer un disco nuevo, ¿por qué hacer uno igual al anterior? Lo importante es avanzar.  

“Sí me parece que en un momento histórico para la música como el presente, hay una democratización de ésta que es interesante, y por otro lado, el mercado masivo se ha replegado en figuras muy de entretenimiento, ciertos nichos que eran más artísticos quizás, se han reducido un poco. Aunque le escapo a la melancolía: me gusta pensar que siempre fue difícil.”

Las letras son también una de las partes medulares del álbum y crean unidad con la música, además, son una mezcla temática tan basta y poco recurrida actualmente, ¿no?

Aquí podemos separar en dos contextos para entender mejor qué pasa: está la música completamente industrial, comercial, ese pop masivo que en un momento de la historia fue inteligente, pero en líneas generales, la radio siempre ha necesitado de entretenimiento liviano y las caras que lo representan cambian siempre, y si yo miro a los artistas que admiro, digamos, Nick Cave, creo que ahí hay ya una complejidad y una idea de la música que te da una pista de entendimiento; no es un lugar para dar catedra sino que, y tú también lo entenderás así, muchos de nosotros tenemos una relación emotiva con la música, hay discos que han significado algo muy importante para nosotros, que nos pudieron marcar, que nos revelaron algo, y me parece que en ese sentido yo trato de continuar la tradición de mis maestros. Yo concibo la música y la composición como una forma artística, como algo que tiene que interrogar al mundo en sus diferentes vertientes; el pasado disco era más político y este incluye muchos puntos de la vida personal. Pero tampoco nos vayamos tan lejos, hay canciones comerciales que también tienen eso, canciones de Bruce Springsteen, por ejemplo, que son hiper masivas, de Bob Dylan también y que tienen un contenido diferente. Si hiciéramos una lista de esa gente que nos mueve el piso, sí encontraríamos quien habla de esos temas, lo que me parece claro es que hay mucho ruido, hay mucha música de fondo.  

Puede ser que esta música de fondo sea actualmente una mayoría, ¿no? Es más difícil, tal vez, encontrar esos autores en este momento…

¿Alguna vez viste la lista de canciones que eran Numero 1 en la época de los Beatles? si yo te digo cuál era el disco más importante de la música inglesa de los últimos quince años, y te muestro una lista de los sencillos comerciales que salieron en ese momento, posiblemente no los recordarás… a lo que voy es que siempre hubo ruido de fondo, esa música pasa, es de muy rápido consumo y desecho. Sí me parece que en un momento histórico para la música como el presente, hay una democratización de ésta que es interesante, y por otro lado, el mercado masivo se ha replegado en figuras muy de entretenimiento, ciertos nichos que eran más artísticos quizás, se han reducido un poco. Aunque le escapo a la melancolía: me gusta pensar que siempre fue difícil, que siempre fue difícil ser un autor y componer en búsqueda de respuestas a través del arte.

¿Qué tan difícil es componer bajo temáticas tan extensas, que van desde lo espiritual, lo político, la naturaleza, los ritos, etc.?; ¿En qué han basado toda esta composición?; ¿te has ayudado de herramientas fuera de la experiencia de tus viajes?

En realidad, el proceso que llevamos no va de pensar en el concepto y luego en las canciones, se va revelando más bien con cada tema. “Territorio” la compuse en Camboya en un viaje que hice, viví una experiencia y el diario de eso es la canción; “Río Jordan” es una canción muy política, de un viaje a Palestina, y si pones esas canciones al lado de la otra parece un concepto, pero el discurso real habla de una forma de vivir y me cuesta mucho separarlo de esas experiencias porque están basadas en la realidad, eso le da al disco un peso que, cuando lo escuchas, te crees que es honesto. En ese sentido no fue difícil, fue orgánico y de a poco, ya en un momento se volvió visible ese concepto, por ejemplo, “Desintegración” se armó pensando en un lugar concreto, de una forma más grande, pero se fue dando mientras se escribía.

Hablando sobre las canciones, ¿cuál será la que tenga el discurso más fuerte o que tenga más intensidad?

Yo creo que “Río Jordan” es muy memorable, te da una imagen muy particular, pero “Desintegración” es el momento más fuerte emocionalmente para mí porque es difícil separarlo de una experiencia, esa canción me captura fragmentándome, me tiene destrozándome en aquel momento, te cuento: el grito de la canción, el grito final, es parte de una improvisación que terminé descargando, luego ese grito lo intentamos replicar, no pudimos. Hay algo ahí, en ese punto que, desde que pasa esa canción, el disco se ilumina en general, vienen canciones más ligeras. Este es un disco que ilumina, que revela y que habla del interior 

Para terminar y por todo lo que rodea el disco, ¿cuál fue la experiencia más espiritual, emocional o especial, mientras realizaban este álbum?

Este disco arrancó en un lugar de mucho dolor grupalmente, arrancó de un proceso de separación con los amigos, amorosas, de gente que murió, que pasó por enfermedades… y la génesis del álbum es la superación de eso. Si tuviese que decir, para mí, donde empieza, esta etapa inicia en Camboya en 2013: visité un campo de refugiados vietnamita, y recuerdo ver a una chica camboyana que flotaba en el río con una serpiente que le rodeaba el cuello, ella le mostraba esa serpiente a los turistas de la zona, y ellos le  tomaban fotos con iPhones… tuve un ataque de pánico, me quise ir. Ese momento, creo, fue lo que cerró el disco pasado e inició el canto, fue un momento emocional que dispara el nuevo disco.

Un choque social tremendo, ¿no?

Es impresionante, y es un tema que da mucho para hablar, es una imagen que representa un poco el espíritu del disco, porque gráficamente, si quisieras inventar esa imagen, es muy difícil, sería complicado. Fueron muchos elementos en un mismo momento: la serpiente, la chica, la geografía selvática, la cultura, la diferencia de clases, mi reacción, mi sensación, mis preguntas sobre si yo era cómplice también de esa situación. Creo que algo así te cambia para siempre. Si ‘Buenas Noches América’ trataba de la ciudad, de vivir en Buenos Aires y su vida urbana, este disco es como un  gran viaje río arriba con diferentes estaciones en una canoa, no por nada el tema basado en ese episodio esta al final del disco, es donde muchas cosas se revelan.


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