Es posible que, en 2007, el segundo lanzamiento de Porter, el famoso ‘Atemahawke’, haya sido uno de los álbumes –entregado por una banda mexicana– que más reproduje durante ese año; el grupo se encontraba viviendo su momento más álgido hasta ese entonces y se había encumbrado ya con la bandera del indie nacional sin reserva, eran uno de los nuevos actos insignia, y todo a través de una sonoridad que, de alguna forma, refrescó lo que se estaba haciendo desde la emergencia musical en la década pasada. No es de exagerar, pues, que Porter se había ganado los oídos de todos con 11 nuevos cortes que se presentaban con una portada blanca, limpia, y con un par de caballos planeando.

Pero más allá de la importancia que este título tuvo para los de Guadalajara y el desenlace que derivó en el ya sobado versus de su figura vocal, el último tema que se desprende de dicho álbum, y a diez años de su estreno, sigue siendo uno de los más remarcables de toda su discografía, y extrañamente, uno de los que poseen menor reconocimiento en ese archivo.

Xoloitzcuintle Chicloso” es hasta cierto punto una canción absurda, especialmente en su letra: un perro (un xolo) que se pierde, que es jacarandoso, y que bien podría terminar hecho un taco (chicloso, supongo). Pero es en la construcción musical donde radica su importancia y el creciente gusto que mucho del público de la banda tuvo por el track, tanto que, y aún con su nueva y cercana faceta al mundo prehispánico lograda a través de ‘Moctezuma’, sigue sonando en vivo, con nuevos arreglos, pero en idéntica esencia.

Nueve minutos en apariencia –de estos, casi cinco de la historia del Xolo y un outro acústico– fueron también el lugar y primera ocasión en que Porter incursionaba tanto en el uso de sintetizadores y bases electrónicas, o al menos, de esta forma; desde ‘Donde los Ponys Pastan’ hasta un par de temas del segundo álbum, la aparición electrónica era un acompañamiento, caso contrario al Xoloitzcuintle, una canción que retoma una superficie de violines y teclados disco que destacaban por ser increíblemente diferentes a toda su pasada instrumentación.

Este pudo haber sido el inicio de un Porter electrónico. No era el Porter de las guitarras con extra delay y ecos profundos, era un grupo más orientado a la pista de baile. Y les hubiera sentado bien.

Después de años vino el tercer disco y la entrada de sintetizadores era notoria, y aunque seguramente ésta no fue influenciada por la canción del xolo, sí significó un pequeño paso de la banda a una exploración sonora más intensa e interesante en este sentido; pudo haber sido al synth o al electropop, incluso al indie dance… pero fue más un complemento que, y junto a toda la renovación de la banda, hizo de Porter un combo más integral, la más reciente “Cuxillo” es muestra.

A diez años del ‘Atemahawke’, ¿dónde está el Xoloitzcuintle Chicloso?  Quizás, lo mató el Cuxillo del taquero.