Una galaxia mesopotámica: entrevista con el dúo argentino, El Último Estado de la Luz

Cómo un escritor de publicidad y un aspirante a escribano público convirtieron su intimidad sonora en un disco masterizado por Eduardo Bergallo, ingeniero de sonido de Soda Stereo y El Mató a un Policía Motorizado.

Por Santiago L. Nogueira

A finales de 2018, en un departamento del centro porteño ubicado a un par metros del cuartel general de la masonería argentina, Pablo Bueno y Cacho Bulos (1989, Misiones, Argentina), tocaban sus canciones para un grupo íntimo de amigas y amigos. Ese concierto escondido confirmó sus sensaciones: había que grabar un disco. Pablo Gorostiaga, músico y a la postre productor del disco, les sacó el miedo a compartir sus canciones más allá de su zona de confort. Los hizo entrar a la sala de grabación, los ayudó a pulir y maquetar sus canciones. El resultado de ese trabajo se hizo público durante los primeros días del pasado mes de febrero: El último estado de la luz. Un disco tan manso como sugerente.


Estoy con Pablo y Cacho en un club del barrio de Palermo. Les comparto mi impresión: cuando escuché el disco me imaginé una persona sentada frente a un micro, dejando correr el tiempo porque sí, en una pequeña terminal olvidada de algún pueblo… Y que uno no puede saber si esa persona está por empezar o acaba de finalizar un viaje. Se ríen. Pablo me dice que es muy loco que les diga eso, porque justamente la portada del disco es el retrato de un hombre sentado, pero lo que no se ve es que está sentado en una terminal de micros en México. Me quiero sacar las dudas y les pregunto si con sus canciones buscaron estimular más la introspección o “extrospección” de les oyentes. Para Pablo tiene más que ver con lo primero:Un cigarrillo de media hora para entregarte a un escenario sonoro. El arte en general tiene ese rol, acarreado sobre la carretilla de la belleza, llevarte a lugares que van más allá de lo poético y estético, sino a lo reflexivo”.

Por su lado Cacho afirma que “pueden ser las dos cosas. Es un disco que lleva a un lugar tenue, de despedida, pero que tiene una simpleza que hace que lo menos sea más”. Yo aprovecho que usa la palabra “disco” y le consulto cómo es esa cuestión de que El último estado de la luz puede ser un disco debut y despedida a la vez: 

“Creemos que el disco debut y despedida tiene eso de no saber qué va a pasar con esta banda. Puede haber dos caminos de acá en adelante, y en este ambiente que supimos construir va a estar bien. Componer y tocar esas canciones fue una despedida de algo, de un cambio, un tránsito de un duelo.”


La primera vez que escuché el disco estaba en casa. Fue durante la mañana de un sábado soleado mientras bebía una taza de café y comía tocino frito con huevos revueltos. Escenario que nada tiene que ver con los que ellos proponen para escuchar el disco: Pablo se inclina por una tarde de domingo, algo para beber y luces tenues. Cacho va a preferir escucharlo acompañado, también con algo para beber, algo para fumar y si bien el domingo le sienta bien, opina que escucharlo un miércoles para cortar la semana no estaría nada mal. En algo coinciden: es un disco de interludios. Ideal para los momentos de esperas.

Cuando leí el kit press de la banda llamó mi atención la mención respecto a un viaje mágico y misterioso a bordo de un colectivo. Tuve que pedir más precisiones. Pablo empieza a hesitar, entonces el asunto toma el matiz mitológico e imaginario tan necesario para estas historias:

“La verdad es que no recuerdo bien: si ya estábamos en esta etapa del estudio o era la etapa inicial en la que empezábamos a tocar. Yo estaba volviendo a mi casa, yo vivía en Villa del Parque. Leía en el bondi, venía muy entusiasmado con Juan José Saer, estaba leyendo “Nadie nada nunca”. Y en un momento, con tintes epifánicos, experimenté como sí algo se presenta de la nada y te pega una trompada. Y apenas vi a Cacho, le dije: tenemos que tener un nombre, leí esto y me encantó. Ahí empezamos, teoría sociológica ad hoc, a hacer que eso explique nuestra música. Un concepto. No sé sí había o nosotros hicimos que haya cierta relación entre lo que nosotros entendimos de eso y las fotos de nuestras canciones. Las fotos de nuestras canciones eran para nosotros El último estado de la luz. La luz antes de la oscuridad o la luz antes de la claridad total. Es difícil de explicar, pero a partir de que elegimos eso empezaron a aparecer cosas que nos dieron la pauta de que habíamos elegido bien.”

En las 9 canciones que componen el disco perdura esa aura o espíritu intimista de aquellos conciertos escondidos cuando Pablo y Cacho aún carecían de un concepto que diera forma u organice el contenido de sus encuentros musicales. Intimista en la doble acepción de la palabra: por un lado, melodías sobrias pero que a la vez se expresan de forma contundente, cargadas de sentimiento; y, por otro lado, porque perdura en su despliegue la intimidad, confianza y familiaridad con la que nació este proyecto. En una primera escucha puede parecer que todo yace en la superficie, pero el gran mérito de este disco es, como complemento de lo anterior, su profundidad existencial. Es una sonoridad deseada, soñada e imaginada. En palabras de los propios músicos:

“Fue todo muy artesanal. Fuimos muy cuidadosos respecto a la sonoridad que queríamos. La idea de cómo procesar las guitarras, el delay, en eso también tiene mucho que ver nuestro productor… No teníamos la capacidad técnica para explicar las imágenes sonoras que queríamos y nuestro productor llegó un día al estudio con una máquina que nos tradujo nuestras onomatopeyas.”


“Soy un abogado con proyecciones de escribano. La formalidad está ínsita en mi formación profesional; la cual a mí me gusta, pero en este clima de época la cuestión es la siguiente: ¿por qué yo no puedo hacerlo? Yo me siento, no sé si como miembro de una contracultura, pero sí como uno más de esa gente que se abre, hace sus cosas, se planta y dice “yo también puedo, aún de pantalón y camisa, tocar una canción que a vos te guste”. Quizás el día de mañana llegue a ser escribano; pero ese lado sensitivo no lo voy a perder y tampoco se lo voy a regalar a nadie. Me gusta mi profesión, pero también estoy hecho de otras cosas.”  

Antonio “Cacho” Bulos le lanza una amenaza a su propio futuro. A su derecha, Pablo arma otro cigarrillo. Ya perdí la cuenta de cuántos lleva. Inhala, exhala, asiente y agrega:

“Es difícil dedicarse a algo que no da guita (dinero). Es desesperante. Necesitas mantener tu trabajo: no podés vivir de la música… ¿Pero sabes qué? Podemos hacerlo. Podemos juntarnos. Podemos hacer las canciones. Y es importantísimo que lo hagamos. Porque entre tanta cosa mala, que haya personas dispuestas a dedicar tiempo a lo que ellos creen es la belleza en el mundo… Necesitábamos hacerlo. Jamás podría haber estado tranquilo si no lo hacía. Y para mí eso es un empuje de la época. Hay un montón de gente joven, que no vive de la música, haciendo música, música preciosa. La urbanidad que yo habito me invitaba a hacer música también. Es un rasgo de esta época: que haya gente no profesional haciendo cosas. Con responsabilidad. Y sin comerse el viaje, sin creerse una estrella.

Los que sí nos podemos comer el viaje, irnos de la realidad y bucear en nuestras profundidades existenciales somos nosotros. Porque escuchar El último estado de la luz y no hacer eso, sería un despropósito y un desagradecimiento para con el trabajo de Pablo y Cacho. Ojalá que no sea el último.